Gara y Jonay
La historia de Gara y Jonay es una bella leyenda guanche. Gara era una bella princesa de La Gomera que se enamoró de Jonay, también príncipe, hijo de un rey de Tenerife. Jonay nadó, sobre unas pieles de cabra infladas de aire, desde Tenerife a La Gomera, para encontrarse con su amada. Pero los padres de la pareja, asustados ante los malos augurios de un Teide humeante, se opusieron firmemente a la relación.
Gara y Jonay huyeron, entonces, al monte más alto de la Isla, hasta donde fueron perseguidos. Viéndose acorralados, afilaron un palo por sus dos extremos y, apoyándolo en sus pechos, se abrazaron para morir atravesados por la madera. Hoy, aquel monte y su Parque Nacional lleva el nombre de Garajonay, en recuerdo de aquellos jóvenes que escogieron morir juntos antes que vivir separados.
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San Borondón
La leyenda de la isla de San Borondón, la "otra isla" canaria que aparece y desaparece, se debe a un monje irlandés llamado San Brandán, que inició una expedición marítima en 516 en busca del paraíso terrenal. Cuenta la historia que este religioso llegó a una exuberante isla de limpias arenas negras, donde vivió 7 años con sus compañeros de viaje, tras hacer los 40 días finales de su travesía sobre una ballena.
Esta imaginaria isla, llamada San Borondón, estaría situada en el extremo occidental del archipiélago canario, cerca de El Hierro y podía ser observada desde El Teide. Presente, incluso, en los algunos mapas de la época, su descubrimiento y conquista llegó a ser objeto de discusión y acuerdo entre las potencias marítimas de Portugal y España. La leyenda continua viva hasta hoy, cuando hay quien asegura haberla visto entre un mar de nubes.
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Ladón, el dragón de 100 cabezas
En la mitología griega, Ladón es un gigantesco dragón de 100 cabezas que custodiaba el Jardín de las Hespérides, un conjunto de islas paradisíacas que los autores de la antigüedad situaron en Canarias. Cuando Ladón, que los antiguos griegos "descubrieron" en el Teide, murió a manos de Atlas, su sangre corrió por la tierra y germinó en forma de dragos, árboles endémicos de Canarias que hoy son uno de los símbolos de la Isla.
La sabia del drago, de un rojo intenso, y la forma retorcida de sus ramas, semejantes a un conjunto de cabezas sujetas a un grueso tronco, dieron lugar a que los autores clásicos vieran en cada drago un descendiente directo de aquel extraordinario dragón. Capaces de vivir durante cientos de años, los dragos eran objeto de veneración por parte de los antiguos habitantes de Tenerife, los guanches. El más famoso y longevo ejemplar de esta especie vegetal es el conocido como de Icod de los Vinos, al norte de Tenerife, que se ha convertido en una atracción turística de primer orden.


